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Lavarse los dientes: cómo convertirlo en hábito sin pelearse cada noche

Cuándo empezar, cuánto hay que ayudarles y por qué la batalla de las nueve de la noche tiene más que ver con la rutina que con la técnica.

Por Redacción· · 3 min de lectura
Niña cepillándose los dientes en el baño
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La higiene dental es de las pocas rutinas infantiles que hay que sostener dos veces al día, todos los días, durante años. Y como todo lo que se repite tanto, se gana o se pierde en la forma de plantearla, no en la insistencia.

Cuándo empezar

Antes de lo que mucha gente piensa: con el primer diente, alrededor de los seis meses. Al principio basta con una gasa húmeda o un dedal de silicona, y no es tanto por limpiar como por que el niño se acostumbre a que le toquen la boca. Ese acostumbramiento temprano ahorra muchísimas peleas después.

Con dos o tres dientes ya conviene un cepillo infantil de cabezal pequeño y filamentos suaves.

Cuánta pasta

Menos de la que sale en los anuncios. Hasta los tres años, una cantidad del tamaño de un grano de arroz. De tres a seis, un guisante. La pasta debe llevar flúor —es lo que previene la caries— y la clave es la cantidad, precisamente porque a esas edades se traga parte.

Hasta cuándo hay que ayudarles

Aquí está el malentendido más extendido. Un niño de cuatro años puede sostener el cepillo, pero no tiene la motricidad fina para limpiar bien. La recomendación general es que un adulto repase el cepillado hasta los siete u ocho años.

La fórmula que mejor funciona: que lo haga él primero, con toda la autonomía del mundo, y que después el adulto «repase». Presentado así no se vive como una corrección.

La batalla de la noche

Casi siempre es un problema de contexto, no de dientes. A las nueve de la noche el niño está cansado, quiere seguir jugando, y el cepillado es lo que se interpone. Algunas cosas que ayudan de verdad:

  • Que sea siempre en el mismo momento de la secuencia: cena, pijama, dientes, cuento. Lo que va en un orden fijo se discute mucho menos.
  • Adelantarlo. Si a las nueve es una guerra, prueba justo después de cenar, con el niño más despierto.
  • Que lo vea hacer. Cepillarse a la vez que él funciona mejor que cualquier explicación.
  • Dos minutos medidos. Un reloj de arena pequeño convierte la duración en algo objetivo y no en un pulso: manda la arena, no el adulto.
  • Dejarle elegir. El cepillo, el sabor de la pasta. La sensación de decidir algo reduce la resistencia.

Lo que no funciona a medio plazo son los premios materiales por cepillarse. Convierten en transacción algo que tiene que acabar siendo automático, y el día que no hay premio se acaba el hábito.

La técnica, en corto

Movimientos suaves y circulares, no de sierra. Cara externa, cara interna y superficie de masticación de cada diente. Y la lengua, donde se acumula buena parte de las bacterias. La zona que más se olvida es la cara interna de los dientes de abajo.

El cepillo se cambia cada tres meses o antes si los filamentos se abren. Un cepillo de dientes infantil con cabezal pequeño llega mucho mejor a las muelas que uno grande, y ese detalle importa más que la marca.

La primera visita al dentista

Hacia el año, o como muy tarde a los dos, aunque no haya ningún problema aparente. Sirve para detectar cosas a tiempo y, sobre todo, para que el niño conozca la consulta en una situación tranquila y no la primera vez que le duele algo.

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